«Ninguna verdad; palabras»

        Es posible que cada una de mis palabras sea falsa. Nunca lo sabré. Es posible que cada uno de mis pensamientos y mis actos no sean más que una enorme ficción que me cuento (y os cuento) para hacer soportable la cruda verdad de que no sé absolutamente nada.

        “Nada siempre es toda la verdad”; quizás eso es lo único que tengo claro. Pero ¿quién puede vivir en la nada? No se puede vivir en la nada. En la nada no hay oxígeno, no hay agua.

        Hace muchos años escribí un relato en el que un personaje se levantaba helado una mañana y, al atravesar la puerta de su cuarto, se encontraba en una llanura de hielo y sol en la que no había absolutamente nada. Por un momento creyó que era un sueño, ficción; pero no, no lo era. En el fondo, el personaje sabía que la única verdad que podía conocer era aquella terrible nada de frío cegador.

        La narración que nos hacemos de lo que vivimos es una maravillosa mentira que hace un poco menos terrible esa nada. No es que se olvide; una vez que se conoce, no puede olvidarse. Solo un rato, tal vez. Y en esa ficción que nos contamos de lo que somos y de lo que es el mundo, la mentira más hermosa es la de la literatura; la del arte.

        Llevo un mes más o menos, desde que fue inminente la publicación de Poemas del desenredo, volviéndome a preguntar por qué escribo. Pero, a lo mejor, lo que debería preguntarme es por qué dejé de escribir. Por qué abandoné aquello que me había salvado del dolor, de la soledad y de la locura durante tanto tiempo. Y la respuesta verdadera es que lo hice por miedo. Quería ser una más por una vez. Quería que dejaran de pensar que era rara. Quería estar integrada. Tener una vida real. (¡Vaya tela!)

        Así que, dejé a medias una novela. Escribí algunos relatos y artículos de opinión durante un tiempo y luego, nada. Me esforcé en vivir en la realidad, aunque yo sabía que nadie sabe qué es la realidad. Hice el mayor esfuerzo de “autoengaño y felicidad” que he visto hacer a nadie, creo.

        Pero, en este relato que es la vida, es muy difícil mentirnos a nosotros mismos indefinidamente. Cuando menos te lo esperas, algo o alguien te pone cara a cara con tus miserias.

        Eso fue lo que me pasó a mí. Y lo cierto es que podría haber cerrado los ojos y haber seguido adelante, pero, por lo que sea, decidí mirarme despacio y quitarme los andrajos de ese traje de la normalidad tan bien cosido que había llevado casi veinte años.

        Al principio, volví a escribir por instinto, como poseída de una necesidad inexcusable. Y, poco a poco, por deseo, por voluntad. Porque así me siento más yo misma, sea eso lo que sea.

        Entonces llegaron los monstruos de la vergüenza y del miedo y me susurraron que estaba desnuda y que todos podrían ver la disposición exacta de mis lunares. Busqué de nuevo el traje para ocultarme, para dejar de ser quien soy; pero el traje estaba hecho trizas, ya no había forma de cubrirme.

        Ahora, a veces, me veo como aquel personaje del desierto de hielo. Descalza sobre la nieve, cegada por el sol. Pero, si cierro los ojos, frente a mí se forman palabras; con sus vocales de colores, como las de Rimbaud; y después, tras las palabras, nacen las frases y crecen en párrafos o versos y el desierto florece y corren arroyos templados y hay otros y otras que están junto a mí y algunos se deshacen de sus andrajos y podemos vernos los lunares.

1 comentario en “«Ninguna verdad; palabras»”

  1. Uauuuuuu… Me encanta… No sé qué comentar, tantos puntos tocas… Me quedo con como las palabras, aunque al final sean mentira, hacen florecer ese desierto helado. Me veo en esa sensación de estar desnudo y que vean la disposición de mis lunares .. qué bonito… Yo he visto tus lunares, y son estrellas brillando en ese gran cielo oscuro de la nada.

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