Estanterías vedadas

        Esta tarde me acerqué a un centro comercial para encargar El café de levante, último libro de relatos de Cristina Ruíz Guerrero; escritora gaditana, para más señas; ganadora, entre otros premios, del Nacional de Poesía Mario López 2023.

        Antes de encargarlo, me di una vuelta por las secciones de poesía de la Fnac y de La Casa del Libro. No sé por qué, porque siempre acabo enfadada y decepcionada, la verdad.

        Aparte de ser secciones minúsculas, allí solo hay reediciones de libros clásicos y algún que otro librito publicado por grandes editoriales y cuyos versos podrían resumirse en uno que he tenido el honor de leer esta tarde: “me alejo de los que no me hacen ningún bien para seguir mi camino” (o algo así, no quiero ser injusta con el artista).

        El librito, probablemente hijo de un joven y mediático autor, constaba de profundas reflexiones en su mayoría distribuidas en textos de entre dos y cuatro versos a lo sumo; síntesis, imagino, del arte de tamaño poeta.

        Pero allí estaba, sobre la estantería, sin ningún tipo de complejo. No había que encargarlo a la editorial y esperar diez días como con el libro de Cristina o con el de Miguel Tapia Millán (otro excelente poeta andaluz) o, y ahí ya me parece que hemos llegado a la vergüenza máxima, con los de Begoña Moreno Rueda (poeta que ha recibido premios por todos sus poemarios y son diez, si no me equivoco) o con el último de Orlando Mondragón (premio Loewe 2022).

        Autores de calidad son relegados, desaparecen de las estanterías de las grandes librerías y en su lugar, encontramos esos libros facilones, superficiales; propios de los desahogos adolescentes de un chaval de 1º de la ESO.

        Ya sé, ya sé que muchos me dirán que hay que ir a otras librerías, más especializadas y bla, bla, bla… Pero, no. Me niego. Nos equivocamos. El arte de calidad debe estar al alcance del gran público. La gente debe saber distinguir un libro de pésima calidad de uno bueno y para eso hay que poder leer los buenos, deben estar a la vista.

        En los últimos veinte años; el cine, la música y la literatura de calidad han desaparecido de los circuitos de masas. Yo lo llamo el efecto OT. En el año 2000, los cantantes procedentes del televisivo reality inundaron las emisoras de radio, con sus miméticas y prefabricadas canciones, desplazando a artistas y grupos originales para siempre a circuitos marginales.

        Esto, además de ser una injusticia (porque perjudica a aquellos que se esfuerzan en ofrecer arte de calidad y les impide vivir de su trabajo como artistas), es muy negativo para el nivel cultural del país.

        El arte de calidad nos forma como personas. Nos mejora. Nos hace tener ideas más profundas y más críticas y nos permite emocionarnos con la belleza.

        Es una vergüenza que permitamos que se prive al gran público del acceso a estas obras. Cuanto más elitista sea el acceso al arte y a la cultura, menos democrático será un país. Mientras que la mayoría de la población solo pueda acceder a productos de ínfima calidad que apelan a los instintos y las emociones más básicas y no provocan ningún tipo de reflexión compleja, estaremos expuestos a la manipulación y al engaño.

        En fin, hasta aquí mi desahogo, aunque no mi enfado ni mi lucha. Sigamos difundiendo a estos artistas opacados por el asqueroso baremo del capitalismo voraz. No seamos un país de ceporros, por favor. No tenemos ni idea de lo peligroso que es eso.

 

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