Mujeres de mi edad

A lo largo de mi vida he pensado tantas veces que estaba sola. Que no había nadie en el mundo que se sintiera como y que a nadie le pasaban las cosas que a mí me pasaban. 

Nací a finales de los setenta y toda mi educación y mis referentes culturales proceden de esos, tan añorados para algunos, años ochenta y noventa. 

Los referentes femeninos para una niña en aquellos años no tenían nada que ver con la niña que yo era ni con la mujer que resulté ser. Me sentía rara. No encajaba en aquellos estereotipos y pensaba que era la única. Es lo que tiene ser de un pueblo pequeño…

Con el tiempo, aprendí a pasar desapercibida y a alejarme de un mundo que no me gustaba y no me tenía en cuenta. 

Pensaba que era la única, como he dicho, pero lo que ocurría era que muchas callábamos y pasábamos desapercibidas. 

Estudiábamos nuestras carreras, conseguíamos trabajo y un cierto reconocimiento profesional. Algunas formaban una familia propia, otras seguían solteras. En apariencia, siempre fuertes, siempre perfectas, sin dar problemas, sin molestar demasiado. Asumiendo cada vez más cargas y más responsabilidades, mostrando al mundo que éramos unas buenas chicas que no se quejaban nunca en exceso. 

Supermujeres. Totalmente funcionales, eficaces, gente en la que delegar cualquier tarea. Competitivas a veces y crueles unas con otras también, en muchas ocasiones. Aquí, sálvese el que pueda. Sin debilidad, sin compasión, sin empatía. Especialmente hacia nosotras mismas. 

Años así. Convenciéndonos de que no había otra forma de vivir, ni de ser. Aguantando. Caminado con la pierna rota, como dice mi amiga Vanesa, pero que nadie lo note. 

Y entonces, te haces mayor y empieza a costarte más trabajo pasar desapercibida, empiezas a darte cuanta de que la vida se pasa y de que no eres tan feliz como intentas hacer creer a todo el mundo. De que estás llena de miserias secretas, de miedos, de inseguridades, de llantos a escondidas y de rabia contenida. 

Miras a otras mujeres más jóvenes. Las ves más libres, más valientes y mucho más presentes. Diciendo lo que piensan y mandando a freír espárragos a todos y a todo aquello que tú habrías deseado mandar a freír lo que fuera hace mucho tiempo y no tuviste el valor de hacerlo. 

Y piensas: “¿qué demonios estoy haciendo con mi vida?” Y empiezas a hablar, a contar lo que sientes, lo que piensas, a quejarte sin culpa y a tratarte mejor, a exigirte menos y a exigir más a los demás. 

Y resulta que en ese proceso empiezas a encontrarte con otras que están exactamente igual que tú. Que también están hartas y que también quieren caminar sin la pierna rota. Que ya no están dispuestas a aguantar, ni a pasar desapercibidas, asumiendo todas las responsabilidades sin decir ni “mu”.

Creo que está habiendo una revolución de mujeres de mi edad a mi alrededor, una rebelión, como dice mi querida Ana de Mujeres Rebeladas. 

Ya no me siento tan sola, ni tan rara, ni tan incomprendida. “Mal de muchos” que decía ayer con mi querida Carol. Pero es que las personas necesitamos el “mal de muchos”, no es un consuelo de tontos. Sentirse acompañado y comprendido es fundamental para vivir. Nosotras hemos crecido sin referentes (o con muy pocos), hemos sido unas pioneras. 

Creo que es bueno que nos convirtamos en referentes las unas de las otras. No somos como las chicas jóvenes, hemos crecido en otro mundo, hemos tenido otras dificultades. Seguramente debemos seguir su camino de valentía y visibilidad, pero a nuestra manera. Orgullosas de ser como somos. Con nuestros miedos, con nuestros prejuicios, con nuestras inseguridades, pero también con nuestra fuerza y con nuestra resiliencia. 

Me gusta esta revolución. Creo que nunca me he sentido tan poderosa en toda mi vida, ni tan acompañada. 

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